[c=#2dba69]Los Fragmentos de Erdos – Parte 3
La Tumba Que Escucha[/c]

[c=#a8c8e8][i]Hace mucho tiempo, creía que solo permanecían las palabras habladas.
Entonces pisé una tumba sin nombre. Y me respondió.[/i][/c]

Ese día, no había viento, ni sonido.
Nada más que la piedra, cubierta de hojas antiguas.
Me había detenido a limpiarla - ociosamente, sin esperar nada.
Pero cuando mis dedos rozaron su superficie, algo resonó.
No era una voz.
No era una memoria.
Era una escucha.
No la mía. La suya propia.

Desde entonces, nunca he mirado las tumbas de la misma manera.
Algunas verdaderamente duermen.
Otras... todavía escuchan.
No todas. No siempre.
Pero algunas permanecen abiertas - no físicamente.
Abiertas a frecuencias olvidadas, a corrientes que nuestras palabras ya no saben cómo llevar.

Lo intenté.
Intenté hablarles de manera diferente.
No con voz. No con sangre.
Sino con vibraciones.
Silencios puestos en movimiento.
Una secuencia de sonidos simples, nacida de la memoria, de la intención.
A través de la incertidumbre, descubrí que había patrones.
Secuencias que las tumbas podían reconocer.

[c=#a8c8e8][i]No hablo de rituales. Ni oraciones.
Hablo de algo más antiguo: una canción sin palabras.[/i][/c]

Una melodía. Toqué su contorno.
Nunca la escribí - no puede ser escrita.
Pero aún vive. Lo sé.
Suspendida en algún lugar, en el silencio que llevas dentro.

[c=#a8c8e8][i]Si has consumido otro fragmento, entonces estás más cerca que nunca de esa canción.
Solo queda un hilo por tirar.[/i][/c]

Estás casi donde yo me detuve.
Un paso más. Un rastro más.
Y quizás... escucharás lo que yo no pude tocar.